viernes, 14 de noviembre de 2008

¿Que somos?

Contexto
La realidad latinoamericana y nacional nos lleva a un replanteamiento, que en momentos se torna difícil por el contenido tan diverso, es llave clave para permearnos del contexto social del momento. No es fortuito, la interrogante constante en la izquierda latinoamericana (desde el asenso y afianzamiento de la revolución cubana el 1 de enero de 1959 y los primeros gobiernos de orientación anti neocolonial con Hugo Chávez y Lula Da Silva); ¿reforma o revolución?
Desde Marx y Engels hasta Lenin y Trotsky, y en América Latina Mariátegui, Mella, el Che Guevara y el comandante Fidel Castro, que gran parte de las reflexiones de los teóricos de la izquierda han girado en torno a la necesidad de que sean los trabajadores y del pueblo quienes asuman la iniciativa política. Pero ¿Qué sucede cuando de los segmentos más lúcidos de la burguesía intentan resolver la crisis de su hegemonía, legitimidad política y gobernabilidad apelando a discursos “progresistas”, poniendo a la cabeza de los cambios para desarmar, dividir, neutralizar y finalmente cooptar a los sectores populares más radicales?
Mediante la adopción de un “nuevo” discurso la derecha y la clase dominante y dirigente intentan cooptar a sus adversarios y opositores políticos incorporando parte de sus demandas, pero despojándolas de toda radicalidad y toda esencia revolucionaria. Las demandas populares son trituradas en la maquinaria imperialista de la dominación.
¿Cómo enfrentar la perversa maniobra de la derecha? ¿De qué manera podemos enfrentar esa estrategia burguesa? Resulta relativamente fácil identificar a nuestros adversarios políticos cuando ellos adoptan un programa político de choque o represión, pero el asunto se complica cuando los sectores de la burguesía intentan neutralizar al campo popular apelando discursivamente a una bandera “progresista” o “reformista”.
En la actual coyuntura política nacional podemos observar una notable diferencia entre los movimientos como la APPO, el Frente de Pueblos en defensa de la Tierra y el obradorismo (en este caso particular, no tanto por las posiciones políticas del presidente López Obrador, sino más que todo por los movimientos sociales que lo apoyan) entre otros, por un lado; y la llamada “izquierda moderna” y la socialdemocracia, por el otro.
En esta situación compleja en México y América Latina observamos un difícil desafío: pensar desde el marxismo revolucionario el camino de los movimientos sociales. Paradójicamente, las clases dominantes intentan resolver su crisis de legitimidad, garantizar la gobernabilidad y mantener sus privilegios enarbolando nuestras propias banderas (tergiversadas). El neoliberalismo se disfraza de “progresismo”, y continúa beneficiando al gran capital en nombre de la “democracia”, los “derechos humanos”, la “sociedad civil”, el “respeto por la diversidad”, etcétera.
Ya llevamos casi veinte años, aproximadamente de “transición”. ¿No será hora de hacer un balance crítico? ¿Podemos hoy seguir repitiendo alegremente que las formas republicanas y parlamentarias de ejercer la dominación social son “transición a la democracia”? ¿Hasta cuándo vamos a continuar consumiendo esos relatos académicos nacidos al calor de las añejas tesis de la socialdemocracia alemana y los subsidios de las fundaciones norteamericanas?
En nuestra opinión, la implementación de los sistemas parlamentarios dista mucho de parecerse, aunque sea un poco, a una democracia autentica. Resulta necio insistir con algo obvio: en nuestros países latinoamericanos, hoy siguen dominando los mismos sectores sociales privilegiados de gruesos billetes y grandes cuentas bancarias. Ha mutado la imagen, ha cambiado la puesta en escena, se ha transformado el discurso, pero no se han modificado el sistema económico, social y político de dominación. Incluso se ha perfeccionado.
Con el discurso “progresista” o sin él, la misión estratégica que el capitalismo trasnacional y sus socias más estrechas, las burguesías locales, le asignaron a los gobiernos progresistas de la región (desde el Frente Amplio de Uruguay, el Partido de los Trabajadores de Brasil y el Partido Justicialista de Argentina hasta la concertación hipócrita de Bachelet en Chile) el lograr el retorno de la “normalidad” de América Latina, para que juntos, tanto la izquierda como la derecha, compartan la crisis del capital foráneo. Se trata de resolver la crisis orgánica reconstruyendo el consenso, la credibilidad de las instituciones de la burguesía para garantizar “el orden”, es decir: la continuidad de modelo neoliberal en la región.
A nadie debe escapar de su análisis que, la globalización neoliberal ha dejado fuera la posibilidad de progreso para sustituirlo por una competencia global. Ya no se trata de la idea de un “mundo mejor” y las ideas superiores, sino por la necesidad de sobrevivir. El enfoque teórico ha pasado por analizar el periodo de “mercantilización de la vida”, en donde todo es ya un producto que “debe consumirse” (política, religión, cultura, etc.).
Ante los efectos de una globalización cada día mas afianzada en todas las esferas de la vida, es evidente el declive del estado-nacional, así como su transformación en estado gerencial (según las teorías marxistas de Europa), y el debate de la integración política en aras de un “mercado” “que todo lo puede”. Nos hemos convertido en una sociedad de consumo, donde todo tiende a convertirse en mercancías, en donde la necesidad de consumir nace de un estado de insatisfacción, y el modelo más puro del consumo, pasa a ser el de la adicción.

¿Cómo enfrentar entonces esa renovación de las formas políticas de dominación y explotación?
Descartada la visión ingenua de un optimismo eufórico que postula en el terreno de las consignas un peligro y falso triunfalismo, al calificar de “avance revolucionario” a los gobiernos de Kirchner, Lula, Tabaré Vázquez o Bachelet. Debemos hacer el esfuerzo por comprender nuestros desafíos políticos, teniendo en cuenta nuestra historia y nuestras necesidades e identidades. Así lo hizo el comandante Fidel cuando encabezo la revolución cubana, y lo hace Chávez en Venezuela. En nuestra América Latina es prioritario encontrar nuestra perspectiva estratégica y nuestro rumbo político a partir de nuestra propia historia.
No solo debemos inspirarnos en la historia. En la actual fase de la correlación de clases necesitamos generalizar la formación política de la militancia de base. No sólo de los cuadros dirigentes sino de toda la militancia popular. Es imperante combatir el clientelismo y la práctica de la "izquierda moderna” (negociantes de la política mediante las prebendas del poder) y “cochupos”, solidificando y sedimentando una fuerte cultura política en los militantes, que apunte a la actitud socialista sobre todo el movimiento popular. No habrá transformación social radical al margen del movimiento de masas. Nos parecen ilusorias e ingenua las visiones utopistas que nos invitan irresponsablemente a "cambiar el mundo sin tomar el poder". No se pueden lograr cambios de fondo sin confrontar con las instituciones centrales del aparato de Estado. Debemos apuntar a conformar, estratégicamente y a largo plazo (estamos pensando en términos de varios años) organizaciones que aglutinen a los jóvenes.

¿Qué somos?
Somos una organización autónoma, combativa de izquierda con fuerte arraigo en el pensamiento marxista latinoamericano, que no esta sujeta a ninguna organización nacional o extranjera, que busca la concertación de la integración de la participación de la juventud en la vida pública de México.

¿Por qué una organización autónoma?
Porque el culto ciego a la espontaneidad de las masas constituye un espejismo ineficaz en la conducción de las demandas populares. Pensamos y ejercemos la política más allá de las instituciones, quedando libres del reformismo y el chantaje institucional.

¿Por qué combativa?
Porque tarde o temprano nos toparemos con la fuerza avasallante del aparato de Estado y su ejercicio cómplice con el imperialismo norteamericano. Pretender eludir esa confrontación puede resultar muy cómodo para ganar un espacio en el gobierno o seducir al pueblo con la “información académica”. Pero la historia de nuestra América Latina nos demuestra que no habrá revoluciones de verdad sin el combate antiimperialista y anticapitalista. Debemos prepararnos a largo plazo para esa confrontación. No es unos días sino de varios años. Debemos dar la batalla ideológica para legitimar en el seno de nuestro pueblo la lucha popular.
Pero al identificar el combate como un camino estratégico debemos aprender de los errores del pasado. Las nuevas organizaciones de jóvenes deberán estar estrechamente vinculadas a los movimientos sociales. No se puede hablar "desde afuera" al movimiento de masas. Las organizaciones que encabecen la lucha y marquen un camino estratégico, más allá de la cuestión electoral, deberán ser al mismo tiempo causales reales de la creación de cuadros. No sólo hablar y enseñar sino también escuchar y aprender. La verdad de la revolución socialista no es propiedad de ningún sello, se construirá en el diálogo colectivo entre las organizaciones radicales y los movimientos sociales. Debemos proponernos construir vanguardias de masas, no de elite.

¿Por qué de izquierda con fuerte arraigo en el pensamiento marxista latinoamericano?
Porque en nuestra historia latinoamericana el pensamiento del Che, Julio Antonio Mella, José Carlos Mariátegui, entre otros, constituyen la expresión del pensamiento más radical de Marx y Lenin y de todo el conglomerado revolucionario mundial, estudiado a partir de nuestra propia realidad y nuestros propios pueblos.
Si durante la lucha ideológica de los años noventa (en los tiempos del auge neoliberal) la izquierda se vio obligada a batallar en la defensa del pensamiento Marx, en el nuevo siglo, Marx solo ya no satisface las demandas sociales. Ahora debemos dar un paso más e instalar en la agenda de nuestra juventud a Lenin y al Che (y a todas y todos sus continuadores). Reinstalar al Che entre nuestra militancia joven implica recuperar la mística revolucionaria de lucha de la juventud contra el imperialismo.
Nada mejor entonces que combinar el espíritu de ofensiva y humanista de el Che con la inteligencia y lucidez de Mariátegui para comprender y enfrentar a la izquierda claudicante y domesticada: la socialdemocracia. Saber salir de la política de secta, asumir la ofensiva ideológica y al mismo tiempo ser lo suficientemente claros como para enfrentar el “camuflaje” político de las clases dominantes que enarbolan banderas "progresistas" para dominarnos mejor. No confundir firmeza ideológica y política, con sectarismo.

¿Qué nos proponemos?
El colectivo trabaja por ser la vanguardia creadora de nuevas formas de participación juvenil, y encamina su obra hacia la preparación de los jóvenes, en el cumplimiento de su misión revolucionaria: en idear nuevas más creativas formas de combatir al neoliberalismo y garantizar el autentico relevo generacional.

Palabras finales…
Como Benito Juárez, Artigas, Bolívar, Sucre, Zapata, Manuel Rodríguez José Martí, Allende y el Che, debemos unir nuestros esfuerzos y voluntades colectivas a largo plazo en una perspectiva internacionalista emancipadora. En la época de la globalización imperialista no es viable, ni posible, ni realista, ni deseable un "capitalismo de rostro humano".
No podemos seguir permitiendo que la militancia engañada y mal conducida (presente en diversas experiencias reformistas y neoliberales de América Latina) se transforme en "base de maniobra" o elemento de presión y negociación para el proyecto político de las burguesías latinoamericanas. Los sueños, las esperanzas, los sufrimientos, los sacrificios y toda la energía rebelde de nuestros pueblos latinoamericanos no pueden seguir siendo expropiados descaradamente. Nos merecemos algo más que un miserable "capitalismo con rostro humano" y una hipócrita modernización de la explotación. “De rodillas nos pondremos solo una vez” dijo Camilo Cienfuegos, y será cuando renunciemos y traicionemos con nuestras acciones las aspiraciones del pueblo. Nos une la convicción más profunda, de que la juventud revolucionaria puede más que las añejas aspiraciones del imperio por presentarnos como un el “gran consumido”, digamos como “el che” cuando la declaración de la Habana: “En la lucha por esa América latina liberada, frente a las voces obedientes de quienes usurpan su presentación oficial, surge ahora, con potencia invencible, la voz genuina de los pueblos, voz que se abre paso desde las entrañas de sus minas de carbón y estaño, desde sus fabricas y centrales azucareras, desde sus tierras enfeudada, donde rotos, cholos, gauchos, jíbaros, herederos de Zapata y de Sandino, empuñan las armas de su libertad”.

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